miércoles, 30 de octubre de 2019

El llamado de Uchima-Chikan


El llamado de Uchima-Chikan
(relato)
No sé si respiraba, lo cierto es que la sangre se me heló de repente. Y permanecí ahí como una estatua bajo la luna. Han pasado algunas horas y es cuando me pongo a rememorarlo para evitar el olvido, porque la memoria sometida a los excesos a veces se vuelve frágil y vulnerable como los bambúes agitados de la orilla. Pero estoy segura que los veía alejarse a contra corriente. Los veía perderse en la distancia.
Era fiesta de San Juan, la fiesta que nos hace volver a la tierra que nos vio nacer, y celebrar el deceso del mensajero del cristo y comerse la cabeza del profeta al ritmo del wanqara cual seres primitivos y errantes. Eso pienso. Crecí al margen izquierdo del Huallaga, ahí donde sendero mató a mis padres y los cuerpos aún cálidos y humeantes los arrojaron en una moyuna a pocos metros del majestuoso puente─. Esta, se los tragó para siempre en su larga tráquea de serpiente. Cada noche imploraba a orillas de las aguas, los devolviera, hecho que jamás sucedió. También aquellos han desaparecido. Nos dejaron una huella imborrable. Ahora, soy estudiante de la facultad de letras en la universidad de los Caballeros de León, fui becada por esa extraña ironía del destino. Digo extraña porque si no fuera por los convulsos noventas y dos mil, no hubiera tenido la oportunidad de llegar siquiera a terminar la educación básica. Un día, un becario apareció en el recodo del río seguido por otros hombres uniformados y luego me arrancaron y trasplantaron entre libros y más libros. Estoy agradecida por ello, sin embargo, los eventos inexplicablemente sucedidos, no hubieran tenido lugar jamás de no haberme alejado.
Los sueños y las pesadillas me han acompañado toda la vida. Y a medida que iba creciendo, por las noches se iban presentando situaciones más desafiantes; como si en los días fuera una persona de lo más normal y tranquila y por las noches, en los sueños, emergía otra historia paralela en la que era habitual sortear los peligros de quedarse atrapada para siempre. Era prisionera de aterradores espasmos catatónicos pero debía seguir respirando y esperar el lento amanecer y con los primeros rayos de luz levantarme jadeante y húmeda. Y otra vez la noche siguiente volver a la zona habitual de lo onírico donde cobraba vida lo insondable. Donde la naturaleza en su conjunto cobraba vida reclamando algo que entonces desconocía. ¿Qué quería de mí, una muchacha que apenas empezaba a ser mujer? Tiempo después lo comprendería.
Esta es otra de las tantas noches que he permanecido en vela. Antes de ayer tuve un sueño menos extraño que los que acostumbro y por eso me sobresalté. ¿Sería un adagio? Pues no podría saberlo. Lo cierto es que en la oscuridad busqué a mi hijo, mi mano somnolienta y ciega recorría bajo la sábana, de repente logré tocarlo por la espalda y una piel fría salió a mi encuentro, despertó de un sobresalto; él, ya estaba resfriado, lo arropé cuanto pude para evitar alguna complicación de los bronquios. (Se había vuelto muy enfermizo). Debo decir que he vivido sola con él, protegiéndolo como es menester de cualquier madre. Sobre todo porque un hijo es un regalo muy especial. Su padre, un machaco universitario apenas convivió conmigo unos meses y antes de que fuera a dar a luz desapareció sin dejar rastro, de ahí han trascurrido tres años, los mismos que he tenido que vivir con la caridad de las gentes. Omitiré algunas cosas. Él se fue y eso nadie puede cambiarlo. He tratado de sobrevivir haciendo los mandados en las casas y familias de la ciudad, como dije, de los Caballeros de León de Huánuco. Mi hijo crecía y empezaba a imitar los gemidos humanos, tratando ya de hacerse de sus primeras palabras. No necesité de su padre, o tal vez sí, pero no estuvo ahí cuando los dolores me asediaban como si fuera a traer al mundo una criatura gigantesca y de otra dimensión y tiempo. Todos nos sorprendimos, era un bebé recio, al que llamaron Uchima porque ni bien nació intentó levantarse y arrastrase en las mantas, aun siendo un bebé nacido antes de tiempo. Pero la partera, esposa del viejo japonés que no salía de su asombro, prefirió llamarlo Chikan, no pude oponerme ya que les debía prácticamente la vida de ambos, ellos, eran unos ancianos de las afueras de la ciudad quienes me acogieron desde el principio y por tanto podían llamarlo como quisieran.
Pero estaba en lo de la otra noche. Habíamos de volver antes de los parciales. Recogería al niño de la pareja de ancianos que tenían un puestito de remedios amazónicos en el mercado popular y en la tarde nos enrumbaríamos por la serpenteante orilla del Huallaga. Pero, Chikan, enfermó y tuve que retrasar nuestro viaje porque el cambio de clima y el tiempo atmosférico fueran a complicar su salud. Al menos eso creí. Así que esa noche, estando al pendiente de la criatura me sobrevino un cansancio acumulado por las noches enteras en vigilia. De repente estaba sentada en la rivera, ahí, donde solíamos lavar la ropa con los primos y demás familiares antes de la revuelta. Estaba chapoteando los pies como antaño y de pronto se abrió una gigantesca moyuna a distancia, luego se elevó una enorme ola y se fue rio arriba como si fuese un huracán dejando un sonido ensordecedor en el ambiente mientras los bambúes de la orilla parecía romperse con la fuerza sísmica. A veces se comportaba así, irascible y tempestuoso. Cuando desperté estaba todo sudorosa ya que trataba de no dejarme arrastra de la orilla sujetándome a lo que fuera. Mi pequeño también se había mojado al estar durmiendo en mi costado, fue cuando cogió el resfrío, pienso. Esperé a que se recupere y así fue, con unas infusiones y preparados de los ancianos estábamos listos, entonces, salimos al siguiente día. Solo iríamos a pasar las fiestas y volveríamos tan pronto como acabara. Al menos eso creí.
Desde ese momento supe que estaríamos nuevamente volviendo al pasado, pero estaba dispuesta a enfrentarlo, no permitiría por nada del mundo dejarme arrebatar a mi criatura. Sin embargo, debo contar que habían episodios en nuestras vidas tan extrañas que a veces no sé si nos cuidaba o nos quería arrebatar la existencia como a las personas que se me habían acercado. Tuve un novio a los quince años, época en que vivía empleada en todas partes, aquel muchacho que misteriosamente se fue o mejor diré, desapareció cuando jugábamos en el recodo. Después de prometerme amor, decidió probarse infantilmente el valor: a él y a los que allí estábamos, subió a la palmera más alta y se lanzó al rio y jamás volvimos a verlo. Todos lo buscamos durante días, incluso entre las comunidades más al norte con la esperanza de encontrar su cadáver. Pero la noche lo había soñado en la misma forma y circunstancia en la que aquellas aguas tranquilas y calmosas repentinamente abrían sus fauces y luego como una columna de agua se abalanzaba sobre él y lo desaparecía mientras yo pedía auxilio y nadie respondía en aquel remanso. Años más tarde cuando estaba en la otra ciudad, lejos de los traumas de la infancia y la adolescencia; estando ya en la universidad, otro joven apuesto y de buenos sentimientos decidió acercarse con el cortejo habitual de las parejas. ¡Debí alejarme, ahora lo sé! En sueños, la voz, aquella que tenía todos los sonidos y matices del bosque me ordenó tomar distancia porque la suerte sería la misma. No hice caso y el resultado, ya se imaginan. Entonces, con tantas vivencias sobrecogiéndome, la anciana mujer decidió llevarme a Pucallpa, lugar donde había aprendido el oficio de la adivinación y el don de comunicarse con el espíritu del bosque, asegurándome que había sido encantada o algo por el estilo, lo cierto es que a la vuelta de aquella experiencia ancestral el joven, me dijo: me largo, hay algo entre nosotros que jamás nos dejará vivir juntos, aléjate de mí, tú eres una mujer que ningún hombre podrá tener. Mientras se despedía en el mercado central, un camión cargado de plátanos lo arrolló dejándolo inconsciente. Pero antes de desfallecer por completo alcanzó a decirme: “eres el demonio”. Podría decir que estaba aterrada, pero había tantas cosas extrañas ya en mi vida que perdí el temor a la muerte y sus manifestaciones insustanciales.
Finalmente, el viaje lo iniciamos ayer. Atravesamos el túnel interregional, el Huallaga se veía plateado a distancia y el niño descansaba en mis brazos tan tierno y apacible, como si no fuera dueño de un terrible mal. Cuando llegábamos al recodo del Aucayacu promediando la hora sexta de la tarde, cuando el sol en el poniente daba sus últimos rayos y dejaba el cielo como un roja naranja, de súbito despertó dando gritos guturales e incomprensibles, ¡¿A quién llamaba?! ¡¿Qué veía?! Fue un misterio. Luego, permaneció atento a la ventana como si escuchara el llamado de la montaña. De repente un auto se nos atravesó en la autopista y dimos unas vueltas de campana y quedamos todos aterrados y en silencio bajo los negruzcos helechos de la cuneta cubiertos de cristales, de lodo y de sangre. Todo sucedió en un parpadeo. Después de sus gritos incomprensibles, mientras intentaba esconderle los bracitos y su carita para que los curiosos no lo vieran, creí sentir un ligero movimiento telúrico pero nadie más confirmó el evento. Me impacienté. La noche caía. Nos limpiaríamos las heridas y continuaríamos nuestro viaje. Claro que la policía nos llevó de regreso a Aucayacu para curarnos y atendernos. De los ocupantes feliz mente nadie falleció, sin embargo, quienes salimos casi ilesos fuimos mi hijo y yo, un signo de sorpresa les invadió a quienes nos acompañaron el viaje. Los heridos quedaron al cuidado de las enfermeras y yo continúe junto a mi talismán que me acababa de salvar la vida. Tenía que continuar, me reencontraría con los familiares, nos reconciliarnos y empezaríamos una vida distinta.
Un oscuro pájaro nos ha recibido cantando desde lo alto de un pandisho. A lo lejos las bombardas retumban en el poblado. Después de adentrarnos en la choza de tablas que alguien ha conservado todo este tiempo, hemos ido al río como es costumbre. Preferimos ir en la tarde para evitar el fuerte calor amazónico. Ha sido todo una sorpresa, Uchima-Chikan ha demostrado una enorme destreza para nadar a pesar de su corta edad. Yo estaba impresionada, era su primer contacto con el agua de un rio torrentoso como este y sin embargo buceaba como un niño de más edad. Pude notar el rechazo que tenían al principio sus primos y los niños mayores, que al verlo con sus bracitos siempre húmedos y piernitas lívidas y las orejitas puntiagudas y el cuerpito de un viejito escamoso; pensaron en que no podría nadar y se hundiría en el arroyo, pero en cuanto sus piernitas temblorosas tocaron el agua se convirtió en otro ser. Para sorpresa de todos, terminó por nadar mejor que los adultos que pescaban en la rivera más profunda. Estaban sorprendidos y maravillados al verlo, hasta decían que la pesca había aumentado y que este extraño niño era una bendición. El agua había devuelto el manjar de sus entrañas, dejó de temblar la tierra y los vientos ahora eran una suave brisa que acariciaba el rostro. Se avenían nuevos tiempos, de eso estaban seguros.
El niño, cuesta decirlo, desapareció en el anochecer frente a mis ojos, se alejó haciendo piruetas a contra corriente, a su lado iba su verdadero padre, el cuidador de las moyunas, montando en un gigantesco cocodrilo. Esto probablemente lo hubiera soñado, pero la realidad ha superado al sueño y ahora me pregunto, qué será de mí. Anoche vi que mis familiares lloraban alrededor de mi cadáver. Tal vez ya es tiempo de volver a empezar, es luna llena y los seres nocturnos empiezan su vaivén.


Relación de significados.
Uchima: en japonés significa "interior".
Chikan: en quechua significa “único, distinto a todos”.
Wanqara: en quechua significa “tambor”.
Moyuna: término usado por los pobladores amazónicos que significa “remolino”.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Umbral



El cielo abandonó su manto púrpura para verse por primera vez claro; entonces, descendí tras la última luna roja. Me había descubierto joven, miré a mi compañera y pensé en el doble juego, en el juego doble de nuestros sexos. Sin embargo ─ella y yo, por su puesto─ nos jugaríamos a todo, embistiendo al son de los tambores y negando el compás de los astros y sus cascabeles, empujando la rueda desdentada hacia el sulfuroso abismo.
Pensaba en el llanto estéril y en el Cristo pegado al seno. Sentí rabia (tal vez aversión). Fui contra él. Mi puño contra él. Vencí. ¡Blasfemé tu nombre! Quería el poder de reinos y estados.
De pronto vi la sarna de Job multiplicando pústulas. Apilándose los huesos encenizados al borde de la chimenea, escupiendo mí nombre hacia el firmamento que entonces tocaban mis manos. (Ella, la negra sombra solo veía la mordaz figura de un viejo gato lamiéndose, gelatinoso). La tomé encolerizado y volvimos al juego ─ella cedió, como siempre─. Entonces, miré atrás (sobre mi hombro) vi la casa, el palacio en cristales a distancia, mi choza, el palafito infernal. Lloré, lloré un llanto viscoso (dejé de embestir).
¡Soy acaso el vil verdugo de la muerte… Señor!, ¡me has enviado solo contra la ella! Grité.
Al instante me brotaron nuevas y grandes plumas tornasol mientras danzaba sobre el cuerpo estático de la víctima. Ella yacía sangrante. Los celestes espíritus temblorosos lloraban al hermano que se va… y nació un nuevo día para el hombre.

©Marcos M. Coronado

sábado, 8 de junio de 2019


Los Imberbes de Ricardo Ayllón


Después de una gratificante lectura de un gran autor peruano dueño de una trayectoria literaria como autor y editor, no queda más que compartir el texto de manera apropiada y no guardarlo en la memoria o en el espacio asignado en el estante para autores contemporáneos. La obra: Imberbes; su autor, Ricardo Ayllón.
De Ricardo se sabe que ha realizado varias entregas de títulos de narrativa infantil y juvenil así como del género narrativo en general, es ganador de varios premios nacionales como el Altazor de Novela Infantil (2014), entre otros.
Imberbes, es una colección de cinco cuentos muy bien trabajados, sabido es que el autor ha logrado con facilidad y maestría adentrarse en los vericuetos de la narrativa y contarnos con sencillez los dramas de sus personajes. La obra está recomendada para el plan lector y aparece bajo el sello de ornitorrinco editores, la temática es variada y asentada principalmente en la ciudad norteña de Chimbote. Hay en su escritura el juego de tiempos narrativos y de temáticas urbano-marginales.
El primero de los cuentos “Patarra” y del que esbozaremos algunas ideas. Es a nuestra forma de ver el personaje creado por el sistema educativo de nuestros tiempos, carente de estructura y políticas educativas integrales: de calidad y equidad que tanto se esfuerzan los ministros de turno por hacerlo creíble. Lo cierto es que Patarra, el protagonista, un niño que cuanto más intenta congraciarse con los estudios no va a lograrlo y lo abandona, aunque él sabe que es capaz de superar sus dificultades para el estudio, sin embargo las adversidades siempre están ahí para hacerlo desistir. Los valores o antivalores que aquí se presentan pueden ser la siguiente dicotomía: perseverancia-abandono, amor propio contra el desprecio de sí como sujeto que se niega a aprender, hasta un acto de justicia e injusticia con el desenlace cuando el ave que posado sobre su cuaderno acaba con sus ilusiones de dedicarse al estudio.
Patarra, sin embargo, representa ese niño-adolescente que aunque los estudios no les son favorables ya sea por múltiples factores: entorno familiar, escolar, aprestamiento o dedicación, contexto social, etc. Prefiere hacer lo que sus compañeros mejor elogian y es ocupar su tiempo en actividades en las que sí son valorados pero que no contribuyen a su “formación” (desde una mirada tradicional) y prefiere ir tras las lagartijas fungiendo el mejor tirador y es además diestro con el balón de fútbol. Esto nos lleva a la reflexión que desde la escuela debemos tener una mirada más integradora y menos excluyente, más equitativa e integral. Como docentes estamos en la obligación de ser críticos del sistema pero también guiar a los estudiantes a ser conscientes de sus capacidades y aprovecharlos en mejora de un proyecto de vida real.
Considero que es un libro que debemos tenerlo como lectura obligada, si cabe el término “obligado”, sino necesario. Y reflexionar sobre la actividad pedagógica y el proceso mismo de la creación. Al final del libro hay un plan de trabajo para analizar los cinco cuentos o como prefiere denominarlos con más propiedad, Jorge Eslava, otro magnífico escritor, cinco relatos.



sábado, 11 de mayo de 2019

DESHABITADOS



Aprendimos a odiar como las bárbaros
etéreos que siempre fuimos
[cargados de dolor como dos polos],
listos para aprender el juego de los no-hombres.
Arrancado las flores y las hojas frescas
de los ajuares de la primavera.
imprimiendo el gris de nuestras almas
en cada acto como los seres deshabitados
que siempre seremos.

miércoles, 20 de junio de 2018

Funeral



FUNERAL

Caronte, el barquero


No quiero barca, corazón barquero,
Quiero ir andando por el mar al puerto.
RAFAEL ALBERTI.

¡Oh mi Ser, estás allí sometiendo la jauría de sombras!,
guiando las horas desde el faro sobre la crecida ola,
caporal de mis sombras augurales.
Devuelves la identidad y la patria, los campos y
la hoja ondulante de la libertad en tu pecho, en tu molde claroscuro,
donde mis manos te van dando vida desde la simiente.
¡Oh mi Ser! ¡Espejo, ópalo, mineral, forma de mis formas!
Esta condena de beberse los bofes de cara al sol tras el llanto de costillas,
me envuelve los pies con un manto sibilino.
Y danzan agujas a la altura de la pena, cuando caen los sueños en el polvo…
¿Dónde está tu brillo, dónde estás tú, qué hace tu espalda lacerada en mi lecho?

En mi barca cabe mi juego de serpientes y estas monedas herrumbradas de miseria.
¡Vuelve a la orilla! Vuelve y corta la voz para mirarme solamente
como una sombra sola, como el espectro que mira su reflejo y descubre su designio de cucaracha.

Las olas vuelven casi siempre galopantes a morir en la orilla, sin peces, sin corales,
sin fuerzas de luchar contra marea, contra vientos, contra la oscuridad perpetua.
Las olas vuelven idénticas y amorfas, caen de bruces a los pies de los amantes…
Y van lavando las cruces, van mojando sus cruces, van sus cruces amando.

¿Cómo pretendes ocultarte entre los vientres inflados de nada?
¿Cómo entre tus manos inmundas profanas mi templo ausente?

Llegas al hueso de la idea royendo un famélico deseo,
como si de tanto velar el santo de las formas,
ellas volvieran listas para devorarnos.

Y de pronto soy el cadáver que yace anidando lechuzas
en las cuencas vacías, tendido entre el mar y la arena,
y vivo escondiéndome en el sueño efímero de las olas
y su vaivén de música infinita…

¡Oh mi Ser! Devuélveme el canto de la vida…






domingo, 16 de julio de 2017

Gala, bálsamo del dolor o Egeria de la locura.

Gala, bálsamo del dolor o
Egeria de la locura.



Gala es como un chorro de luz tras un volcán iridiscente

que engulle desde su magma cuando me mira.
Ahora el cielo es azul con ribetes blancos
pintados con un dedo de azafrán.

En un día total mente nuevo, como un fénix tierno
listo para andar, vapuleado por su impotencia
de encadenarse nuevamente a la quietud.

Desde el ornato balsámico de madreselvas y alelíes
me detienes los pasos que van directos a la locura
y en su lugar me hablas de amor,
del loco corazón prisionero en una jaula de huesos.

Pero encuentro sabiduría en el espejo,
el gay saber que los letrados desoyen. Y te pido tiempo
para entenderme con los míos, con las corbatas viajeras
y los desterrados zapatos. Y también el polvo que viene detrás.

Con el espacio ciego y el tiempo en el pecho,
voy por las calles gritando inconcluso,
entonces, los años me asaltan sultánicos
y he vuelto hoy, tan lejano, apenas,
sediento y con los piojos blancos.

Gala, se ha ido, se ha cansado de mí, del dolor
que significa parir un monstro y esperar, esperar qué,
esperar el tierno metamorfoseado del placer.
El tiempo es para ella medida en una flor, y, tiene prisa.

Gala y su mirada aviesa y su seno inquieto
ya no encontrarán soltura en el viejo puerto del amor
a la brisa de un día de arcoíris sobre el mar.
La belleza le es tan lejana ahora, Gala,
la acuarela tenue del dolor.

Mis malabares con la poesía no significan ya más
que un payaso y un semáforo de la urbe gris,
una mascada se alza titánica y nubla mi ser.
Entonces vuelve la ciudad con su bronce corvo
a plañir tan fuerte en mi interior y caen las falanges
como una pandemia de gusanos níveos en baldosas.

Miro. Sedienta la hoja roja, afila sus fauces en lo alto.
¿Qué quiere? ¿qué busca? Acaso la piedra reclama
el cortejo nupcial a deshora. Soy quien se niega a volver
al altar sepulcral. Los cipreses y su espera convulsa
a distancia quedan enhiestos con otoñal atuendo, frígidos,
esperando en vano el nupcial cortejo.

Mi casillo de naipes se tambalea sobre una cuerda de nudos
como un quipu hereditario, un can roe a prisa las orillas
de sus cuatro suyos. Sé que la hora envuelve
de martirio al reloj. A qué viene tanto tormento.
Sabe mis plantas andantes del finito caminar.

¡Oh Muerte, en qué vientre de líquido aquelarre
se jugó tu suerte, tu sino, en qué senil estatua ocultas tu ira!
Gala, hace fiesta en su sexo y tú, qué júbilos festejas.

Wagner, hace espectáculo con los jirones de mi piel,
los enloda, los purifica, los tira a la negra lluvia,
y hace un terciopelo para cubrir a la sombra.
A ti soberana tumba, qué te aflige.

Entonces veo aparecer tu rostro líquido
suspendido en el espacio corpuscular de la noche.
Te interrogo. Hay entre mi pupila y tu cóncavo párpado
un dilema incognoscible, un juego de azar sublime
que envuelto de misterio acorta nuestras distancias.

Ha sido un efímero sueño. Has sido un sutil
tropiezo del yugo humano. Ahora, cada respiro,
cada traspiración de los poros es un azahar florido.
Sensación que se produce al leve vibrato de tu dolor.

Es media noche y el pez nocturno a puesto con sigilo
su ojo en lo alto, vigila tu faz liquida desprenderse
de mi glándula durmiente, tras el fuego acuoso del esperanto.
Las ninfas han muerto. Heroida, recorre la fosa.

Gala, prístina recorre no solo los dominios del dolor,
sino, balsámica entra en los intersticios de mi ser.
Mi pobre alma desnuda no resiste tal intromisión
y se resquebraja como un cirio apenas temperamental
que espera la ascensión de los clavos religiosos.

Gala. ¡Oh, Gala! mi florido jardín de alelíes y ninfas,
de azahares y esperantos; morirá antes del invierno.
Que loca visión arrebató tu esbelto talle.
-Nada, dices. ¿Pretendes el signo natural de la muerte?
Callas. Por qué callas desesperadamente.

Llega la aurora matutina al dintel de mi cuarto
que cubre su nocturna estancia sigiloso.
Llega con éxtasis de una transición malsana y trashumante.
Invoco en desesperación al fénix de la noche,
al cuervo negro de Poe. Y no hay más
que tus ínfulas llenando el aire.

Ni laurel ni cantos satisface tu locura arrebatada.
Respiras adicción. Ni el propio opio se compara
a tu frenética locura de secundarme desde las falanges.
Tortura que impones cual veneno contra toda ilusión de libertad.

Has vuelto al poeta esquizoide en su juventud,
¿Qué será de sus años de olmo, de bisturí?
¿Qué será de su hambre, de su imaginación? ¿Su sed?
Sumisión + dolor. Sumisión+ hambre = dolor.
Seducción + cadáver. Seducción+ otra vez cadáver = dolor. 

Dónde está la compasión de la muerte hipnótica,
ahora que la mañana desde un sueño proverbial avanza
tras las migajas de un cirio desnudo que se envuelve
en un llanto flamígero dispuesto a quijotesco batallar.

Apagado y humante en los brazos otra ves de la aurora,
sediento, cual mármol rocoso y salino, con las falanges exangües
de náufrago en la orilla opuesta, que vive sueño o delirio,
de cadáver y sombras vuelto a renacer.

He de invocarte desde el sepulcral destino: Gala…

Gala, bálsamo del dolor o Egeria de la locura.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Umbras delirantes


Ahora que las vísceras nos devoran los campos
no hay por qué temer a la muerte.

El unicornio y su cuerno antiguo
nos embrujó con su belleza… ¿lo advertiste.?
El mito se bebió la sesera.

Las sinagogas y las plazas gozarán su canto.
Y desde el cañón el eco acabará
con tu frágil tímpano de esperanza.
 
Hay otras sombras que nos habitan,
se multiplican con el secreto genético
de la oveja que parió un lobo aberrante.

Las guerras las jugamos en una mesa con soldaditos de plomo.
Al otro lado Hiroshima, con cien mil años, jamás tendrá niños.

¡Huye! Las sombras son siniestras danzantes,
pueden cortarte la simiente con una cítara deicida.